martes, 5 de diciembre de 2017

El desconcierto (Begoña Huertas)



Páginas: 192
Publicación: 2017
Editorial: :Rata_
Sinopsis: Cuando a la autora le diagnosticaron cáncer de colón, sintió una pérdida repentina de la estabilidad, como si un manotazo derribara todas las piezas de un tablero de ajedrez. El cáncer la había dejado sin guion, debía luchar contra ese cuerpo al que estaba atada y poner orden donde no lo había.

… a la larga se trataba de escribir, creo, el libro que hubiera querido leer.
Sabía que compartía asturianía con Begoña Huertas. También que le había sorprendido que yo fuera de La Felguera, un lugar que ella conoce bien. Lo que no sabía es que compartimos también el desconcierto. Al menos el nombre: cáncer, aunque con diferente apellido: cáncer de colon en su caso, leucemia en el mío (mucho tiempo ha, no se me inquieten).

No me va a ser fácil hablar de esta lectura, porque no quiero contarme (tanto) a mí, quiero hablar del libro. Y caigo en que últimamente me repito mucho a mí misma y a quien me quiera oír una palabra: “distancia”. No distancia física, sino emocional. Me he pasado la vida acortando esa distancia, anulándola, suprimiéndola, desautorizando al malestar que me causaba ir sin red y sin dejar ese espacio necesario para salvaguardarme. Hasta que, de forma inexplicable, esa distancia vuelve a estar ahí, sin que la haya llamado ni convocado, como ha aparecido siempre: sin previo aviso, sin esfuerzo. Y leyendo El desconcierto obtengo la respuesta a una pregunta que no me había hecho: esa distancia emocional surge justo cuando la necesito, aunque no la desee. Se llama supervivencia. Y es puro instinto.
Ya no es que se hubiera hecho una grieta dejándome a un lado frente al resto del mundo. El horror era que en mi lado me sentía sola hasta de mí misma. Es tan difícil de explicar. Era de pronto el miedo a no estar acompañada ni siquiera por mí, era percibir la extrañeza ante un “yo” que se desconoce. Yo misma era una extraña para mí.
Begoña Huertas encuentra la distancia idónea para hablar de esa extrañeza que te envuelve cuando el cáncer hace presencia en tu cuerpo y ya no pareces ser dueña de tu propia historia. Una distancia que no es fácil, porque todo a tu alrededor se mueve, sigue en movimiento, oscila con una cadencia con la que no eres capaz de sintonizar, el espacio deja de ser algo firme y cierto, y las distancias se vuelven imprecisas. 

Quedas fuera. Pero sigues dentro. El mundo no se detiene para darte un respiro, pero tu ritmo ya no es el mismo, necesitas otra métrica para la que no estás preparada, te conviertes en un verso suelto y discordante. Y con cierta urgencia (externa y sutil) para que te vuelvas a acompasar, en común armonía con el mundo sano que te rodea.
La enfermedad es una pérdida repentina de la estabilidad.
La (buena) salud tiene una osadía inaudita e inconsciente que provoca que vivamos como si fuéramos inmortales. Cuando enfermas, pierdes pie, trastabillas. Si la enfermedad además se llama cáncer, todo lo que creías estable y sólido se licúa. Enfermas, y es el caos. Un caos personal, intransferible, incomunicable. Ordenar el caos es la auténtica curación. Te conviertes en un yo disgregado y roto en infinitos pedazos. Cuando todos los fragmentos en los que te conviertes consiguen volver a encajar en un todo entonces, sí, puedes decir que has superado la enfermedad. No será un todo uniforme, no volverá a serlo nunca, tendrá sus disonancias, sus contradicciones, sus irregularidades, pero todas las piezas encajarán entre sí con un chasquido tan natural como la inevitabilidad del vaivén de las olas del mar.
El objetivo era contradictorio: ignorar la enfermedad y al mismo tiempo no ignorarla. Ignorarla para que no nos condicionara ni estropeara el día a día, pero no dejar de tenerla presente no solo para no engañarnos sino también para explicar por qué nuestro día a día estaba siendo precisamente como estaba siendo.
Tomé conciencia de lo ineludible de mis contradicciones (tantas veces mencionadas en este blog) desde el momento en que me diagnosticaron la leucemia y me descubrí a mí misma preparándome para morir (ya había aprendido que no duele, solo tenía que encontrar... distancia) y a la vez haciendo todo lo que tenía que hacer para no morir. No es que fuera la primera (ni sería la última) contradicción que había detectado en mí. Siempre he sido consciente de la presencia de una cosa y su contraria, de lo que tomé conciencia entonces fue que formaban parte de mí, que no tenía que decantarme por ninguna opción, que podía vivir con esas paradojas, que lo inconsistente también forma parte de quien soy.

Me he ido adentrando página a página en este libro en una vorágine de recuerdos, mientras asentía no solo con la cabeza, sino con todas mis entrañas. Lo cuenta tan bien, lo explica tan bien, tan lúcida, Begoña Huertas. Leyendo en sus palabras aquello que viví y no supe nombrar y que, tanto tiempo después, tiene su espacio de desbarajuste todavía en mí.
Padecer cáncer, por desgracia, no te hace más inteligente ni te provee de ningún poder especial.
Hace poco tiempo me dijeron: “Podrás con esto, es pan comido para ti, ¡superaste una leucemia!”. Todavía hoy estoy tragando saliva y me duele la lengua del mordisco que me di para callarme y dejar que el silencio respondiera por mí. No, el cáncer no te da ningún superpoder.

Hay  muchas, muchísimas cosas que agradezco de este libro, pero una de ellas es, sin duda, que Begoña Huertas no nos venda una lucha heroica, mitificada e idílica contra el cáncer. En El desconcierto no nos vamos a encontrar con esa versión made in Mr. Wonderful de la superación de la enfermedad, nada de aforismos del tipo “todo lo bueno empieza ahora”, “tú puedes con todo”, “el cáncer saca lo mejor de mí”, “mi cáncer es un regalo”…

El cáncer es una putada. Y punto.

La primera reacción de Begoña Huertas es la más instintiva y, posiblemente, necesaria: la racional, pero no es una reacción ajena a lo que le sucede, indiferente a la extrañeza, al desconcierto de lo que ocurre con un cuerpo que no te es ajeno porque es el tuyo, pero que de repente parece un extraño. Tú misma eres una extraña para ti. Y entonces observas, como si te colocaras desde fuera; das un paso atrás y te observas a ti misma desde esa distancia precisa que corrige la miopía de quien mira desde el ojo del huracán y solo ve turbulencias. Distancia emocional.
Con el tiempo, no pude evitar ir dotando a todo ese desconcierto de cierto orden. Y es en ese ejercicio de ordenar el caos de lo real donde entra, de pleno, la literatura.
Y en esa racionalidad inicial, en un intento de descaotizar lo que está viviendo, recurre a la literatura. A la propia, escribiendo sobre ello, y a la ajena. Y se da cuenta que la literatura, pese a ser "el relato de los miedos y el intento por ordenar el caos", ha permanecido mayormente indiferente a la enfermedad del cuerpo. No tanto a la enfermedad de la mente, pero en la ficción literaria se aborda escasamente el cáncer, el deterioro del cuerpo, la enfermedad, como el eje central de una narración. 

El desconcierto, como todos los libros de la editorial :Rata_, es un libro inclasificable. A caballo entre el ensayo, la narración personal y la confidencia, es un libro profundamente honesto, brillante, equilibrado y valiente. Porque Begoña Huertas no tiene miedo para hablar del dolor, del dolor del cuerpo, del desconcierto que produce el cáncer. El desconcierto te araña con la visceralidad de la pasión y te pellizca con la inevitabilidad del amor. Begoña Huertas rompe un tabú… y escribe el libro que yo hubiera querido leer hace tiempo pero que seguía necesitando leer todavía ahora. Gracias por eso. Y por la siguiente frase que se me ha quedado tatuada en el alma, porque en tan pocas palabras dice... tanto:
Qué difícil es la comunicación entre alguien enfermo y alguien sano.

28 comentarios:

  1. Pues, querida, Ana, te cuentas en cada una de tus reseñas... Uf! El desconcierto que produce la enfermedad, gran tema. Me lo llevo anotado, of course. Cuidate.
    Abrazo!

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    1. Si, claro, es el subtitulo de este blog: Lo que leo lo cuento... y me cuento en lo que leo ;)
      Sé que este libro te tocará de cerca. Me gusta porque no va explícitamente a las entrañas (aunque te llega, claro), sino al intelecto, a la realidad. Ya me contarás.

      Un abrazo.

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  2. Una lectura muy interesante aunque creo que habrá que leerla en un momento apropiado.Me la llevo anotada.
    Un beso

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    1. El momento apropiado suele ser cuando el libro te elige para que lo leas y no al revés ;)

      Un abrazo

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  3. Tiene pinta de ser muy interesante, y desde luego diferente.
    Me lo llevo, anoto también la editorial =)

    Besotes

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    1. Absolutamente diferente (y honesto), como todos los libros de esta editorial.

      Un abrazo

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  4. Me gusta tu reseña, es un tema que deberíamos abordar mas a menudo en nuestras conciencias y que notamos tan cerca, que me lo apunto, lo leeré y a sí comprenderé a las personas cercanas que padecen cáncer, ya que muchas veces no sabemos que sienten y por tanto no tenemos palabras suficientes de consuelo

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    1. No es un tema que se aborde mucho, y cuando se hace se suele hacer edulcorándolo o revistiéndolo de tintes épicos y heroicos. Como dice la última frase, la comunicación entre la persona enferma y la persona sana no es fácil. Este libro lo facilita.

      Un abrazo.

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  5. Conmovedora reseña, escrita desde muy adentro, muy íntima.
    El libro me llama lo justo, pero me gusta que no se invente lo que es la enfermedad, lo que se siente y lo inapropiadas que son las frases del mr ese.
    No lo descarto tampoco. Veremos.
    Un abrazo

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    1. Prescinde de esos aspectos del pensamiento positivo. Sin dramatizar, describe directamente lo que se siente y cómo se reacciona, digo sin dramatizar y no quita que haya momentos que, uf..., pero también está la revisión literaria para encontrarse con ese vacío respecto a este tema, y un análisis muy racional de cómo te sientes.

      Un abrazo

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  6. Sé lo que es el cáncer, y además el de colón. Admiro tu franqueza, es bueno expresarse así. Es triste que las palabras valiosas se las lleve el viento, o se pierdan en un desierto, siempre hay alguien que desea escucharlas.

    Voy a leer este libro de Begoña.

    Respecto a tus palabras, voy más allá de leerlas, las siento, me encuentro, aprendo.

    Un gran abrazo, Ana.

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    1. Jeje, colon ( colón es el que se cuela ;)

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    2. Sí, yo también sé lo que es el cáncer de colon. Y tantos otros cánceres. Afortunadamente yo con uno tuve bastante, aunque no carezco de rareza médicas :) Tengo una mala salud de hierro ;)

      Me encantará saber cómo te llega esta lectura, Paco. Cuéntame ¿vale?. En tu blog, o por mail. A opción, porque sé que no es fácil hablar de ciertas lecturas según cómo te afecten, por mucho que esa sea la marca de la casa de este blog...

      Nos encontramos.

      Un abrazo fuerte, Paco.

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    3. Claro Ana, no habrá inconveniente en compartir esas impresiones si vienen al caso, como ahora.

      De hecho mi comentario ahondaba más en ello, pero lo acorté por ser tu espacio y tu voz. Pero, ningún reparo, ¿por qué lo iba a tener? ¿ de qué tendría que preocuparme? ¿de quién tendría que ocultarme?…

      Me detectaron un cáncer colorrectal hace siete años, tras el resultado de una biopsia. Me llamaron por teléfono un sábado por la tarde, estaba con mi mujer y dos amigos en un restaurante:

      Señor Tal, sentimos comunicarle esto por teléfono, tiene un cáncer colorrectal y es necesario que empecemos con ciclos de quimioterapia… ¿Podría ser este lunes? Tenemos todo preparado.

      -Por supuesto, ningún problema. No me alteré.

      Desde el minuto uno tuve claro un objetivo, no perder, en la medida de lo posible, la sensación de normalidad en mi vida. Yo tenía cáncer, pero me negué rotundamente a que hubiese una familia entera “enferma de cáncer”, mi mujer “enferma de cáncer”, y una hija pequeña “enferma de cáncer” (con el tiempo nació mi segunda hija), mi madre, mi padre, mi hermano, mi hermana…

      Sí, es una putada, como dices, así que convertir una putada en “seis putadas” es puro masoquismo. ¡Fuera!

      Si yo mantenía la calma, todos a mi alrededor podrían mantenerla.
      Un razonamiento simple que trataba de imponerse en un momento de gran complejidad. Pero era la mejor idea que tenía, y en esas situaciones las ideas solo quieren huir de tu cabeza. No la iba a dejar escapar, a ella me aferré. No me supuso un esfuerzo descomunal, desde muy joven he mantenido la serenidad si era menester, no es de ahora…

      ¿Miedo? No para mí, no hacia mi persona, no. Lo que tenga que ser, que sea. Lo digo sin titubear. ¿Entonces soy un héroe? Ni de coña, tengo pánico a que les pase algo a mis dos hijas, a la gente que quiero.

      ¿Afrontar la vida como si no hubiera pasado nada? No se puede.
      Es posible que actúes como si tal cosa (es más o menos lo que hacía), pero tu mente te recuerda que, a cada paso, el terremoto puede abrir una grieta que te engullirá sin más. Y esto era así hace siete años, y es así hoy.

      Pero no lo padezco con miedo, es difícil explicarlo, ese espíritu estoico… simplemente lo llevo ahí sin ser muy consciente, hasta que aflora por lo que sea…

      He sido muy deportista desde niño, he practicado varios deportes. Luego me dio por los trail alpinos… 70 u 80 kms bajando y subiendo riscos, 8 o 9 horas seguidas corriendo, hasta la extenuación. Todo eso me ha enseñado a sufrir física y mentalmente, a sobrellevar esa carga.

      Por eso, entre sesión y sesión de quimioterapia, durante medio año, yo me iba a correr una hora al campo... excepto los días en que el veneno te daba el "mazazo", ahí no se podía hacer nada.

      Al año de acabar la quimio la cosa se torció un poco, había crecido un gran pólipo rápidamente, éste sí, benigno. Pero chungo este colon mío, hacía cosas extrañas…

      Cita en el hospital. Señor Tal, tiene un colon de alto riesgo, habría que extirparlo entero, si no estará jugando a la ruleta rusa toda la vida. Pues nada, ¡afuera ese colon, joder!

      Otro medio año con una bolsa de colostomía en el pecho. Después otra operación más para reconstruirme el sistema digestivo, quitarme esa bolsita a donde van tus “fluidos”, y meterme “la cabecita” del intestino delgado para adentro… que ya ha visto bastante mundo ahí asomado.

      Al contrario que Begoña (no sé si también tú), no he tenido la sensación de ser otra persona… es que nunca he tenido del todo claro quien soy, jajaja. Por eso la lectura tiene para mí un componente apreciable de viaje interior, de búsqueda. Y en las ocasiones que no quiero “encontrame”, pues fácil, hay muchos libros para esto también.

      Y hasta aquí. Va todo bien ;)

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    4. Paco, el único espacio para mí es el de ahí arriba. Aquí abajo el espacio es infinito y las voces, todas.

      Hablas del minuto uno. Ese en el que tu mente tiene que mantener el equilibrio. Reaccionar. Razonar. Creo que mi reacción fue más o menos la misma. Yo era la enferma. No los demás. Normalizar. Mantener la calma. Creo que en momentos críticos todos tenemos una fuerza que nos parece ajena, al menos en mi caso.

      Hasta ahí, las coincidencias. Y en la ausencia de miedo. El miedo vino después. Cuando esa gran traca del diagnóstico y el tratamiento empieza a quedar atrás. Cuando ya todo se ha normalizado, cuando ya nadie siente miedo y todo está en (aparente) calma, entonces sí, todo lo contenido empieza a aflorar. Esa grieta, ya no puedo evitar mirarla. Pero todo hacia dentro. No vas a romper una calma que está forjada día a día. Pero los fragmentos estaban ahí. Y alguno queda. Ya nada vuelve a ser lo mismo, aunque desde fuera no sea visible.

      Entre sesión y sesión de quimio (y la que a mí me chutaron era la de antes, la que te ingresaban, en aislamiento, durante semanas, la que me hacía temblar hasta el punto de desplazarse la cama, la que me subía la fiebre hasta la alucinación y el hielo por todo el cuerpo) yo viajaba. Normalizaba.

      No es que fuera otra persona, es que la persona que era no volvió a ser la misma. Por eso también los libros. Por eso leía, por eso leo.

      Y hasta aquí, vamos ambos bien ¿no?

      Muchas gracias, Paco. Un abrazo larguísimo.

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  7. Por experiencia propia solo decir que escribir en estos momentos te libera...no lo descarto, nunca está todo dicho al respecto, por desgracia.

    Un besito.

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    1. Escribir,como decía Lispector, siempre es peligroso... y liberador. Pero hay que saber hacerlo,ponerlo en palabras. Y Begoña Huertas lo hace muy bien.

      Un abrazo

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  8. Esa última frase es lo que venía martilenado en mi cabeza mientras leía tu... reseña? Hablas desde la experiencia de quien ha tenido una enfermedad temida, aún en muchos casos, impronunciable (qué mal suena ese eufemismo "una larga enfermedad", todavía oído hoy a la muerte de Marín). Nunca la he padecido y poca gente cercana a mi la ha padecido, aunque perdí de ella a una de las más queridas, pero sé que por mucha empatía que se tenga, es muy difícil entender desde la salud esa enfermedad.
    Esta entrada es de las más íntimas y sentidas que te he leído. Es cierto que te cuentas en cada reseña y lo que pasa es que, además, tienes mucho que contar.
    Un beso, guapa.

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    1. Esa última frase es genial. Dice tanto. Contiene tanto.

      He hecho entradas muy íntimas y sentidas. No muchas pero sí, probablemente,demasiadas.

      Es verdad que tengo mucho que contar. Pero no todo lo contaré. Y no todo parecerá que lo estoy contando, salvo con claves que sólo yo sé.

      Gracias por saber leerme. Siempre lo haces de una forma muy certera y cercana. Y sé que este blog no es fácil.

      Un abrazo.

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  9. No, el mundo no se detiene, pero tú sí. Qué bien lo has definido. Pierdes la estabilidad, pierdes el ritmo, pierdes la seguridad... Como bien dices, el cáncer es una putada. Y punto.
    Sin duda, me llevo este libro.
    Besotes!!!

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    1. Sí, es que ese desacompasamiento al menos en mi caso fue notable. Con la conciencia de que los pasos ajenos no van a ir más lentos (no lo pretendía), que eres tú la que tienes que echar a correr para volver al ritmo de la "normalidad".

      Ya contarás cuando lo leas, a mí me pareció una mirada distinta al tema, una perspectiva que era necesario poner encima de la mesa.

      Un abrazo.

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  10. Si dices que está tan bien contado, merecerá, de seguro, la pena leerlo...y "desconcertarme" también con ella. La enfermedad lo que tiene es que no sabes ni cuando ni donde, pero vendrá...casi siempre viene a la vida de este mundo. Del mundo que conocemos. Veo que este libro no se queda en la superación, sino también en el desconcierto que da el conocimiento de algo que no quieres y que se queda a vivir y a acompañarte, al menos, y con suerte, durante un tiempo. Me alegra saber que estas bien.

    Muy intima esta entrada, al igual que el libro.

    Lo buscaré, sin duda. Un abrazo grande

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    1. Está contado desde un punto de vista que a mí me hizo bien contemplar. Como comento, es el libro que hubiera querido leer en su momento pero que me seguía haciendo falta leer.
      La enfermedad forma parte de la vida. Es inevitable. Efectivamente, este libro se centra en el desconcierto, en cómo reaccionas, le pone palabras y le pone realidad. También el punto de vista literario es fascinante.

      Un abrazo

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  11. Ana, te vivimos, nos vives...poco más que añadir. Gracias de todo corazón.
    Fuerte y cálido abrazo.

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    1. Gracias a ti, Myriam.

      Recojo el abrazo y te mando otro.

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  12. Qué bien que proliferen historias sinceras,duras y verdaderas sobre el cáncer. ¡Abajo el positivismo!. Gracias por compartir. Queda apuntado en mi lista de pendientes :)

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    1. Proliferar, no proliferan mucho (al menos en este tono), por eso me ha encantado este desconcierto. Me apunto también tu desconcierto ;)

      Un abrazo

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  13. Todos los testimonios sobre una enfemedad son verdaderamente crueles y duros, pero lo son más cuando lo vives en tus propias carnes. La mirada mas triste del mundo la he visto en directo en un ser querido, la tengo presente y reciente. No creo que pueda ahora con el libro. Más adelante quizás... Mil gracias por esa  fuerza que se te lee, y por compartir parte de esos momentos tan íntimos y duros.

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