jueves, 11 de enero de 2018

En estado salvaje (Charlotte Wood)

Título original: The Natural Way of Things
Traductor: Miguel Temprano García
Páginas: 256
Publicación: 2015 (2017)
Editorial: Lumen
Sinopsis: Son diez, y al despertarse una mañana descubren el horror: alguien las ha drogado y trasladado a un lugar siniestro en medio de la nada. Están encerradas en barracones oscuros, llevan unas túnicas de algodón basto, unas botas viejas y el pelo rapado. Van atadas como animales, caminan sin descanso a las órdenes de sus captores, y al volver les esperan un cuenco de papilla amarillenta y un vaso de agua sucia. No hay luz en el barracón ni conexión alguna con el mundo exterior. Son diez, diez mujeres jóvenes que fueron muy hermosas. Hace poco seguían las últimas tendencias de la moda, y ahora intentan saber qué pasó, dónde están y cómo salir de esta pesadilla. Preguntan, intentan averiguar, seducir a quien haga falta, pero la verdad tarda en llegar. ¿Vale la pena esperar?
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ.
Esa tarde en que las empujaron aquí dentro y cerraron las puertas con candado y ellas se sentaron en las camas, duras con las sábanas descoloridas y pensaron que morirían esa noche, y luego desearon haber muerto.
Son diez, son mujeres, jóvenes y hermosas. Han sido secuestradas, drogadas y encerradas en un espacio en medio de la nada: sin luz, agua ni posibilidad de conectarse con el mundo exterior. Dos hombres y una mujer las vigilan. De esa vigilancia que no protege ni cuida sino que veja con desprecios, humillaciones y violencia.

¿Por qué están allí? ¿Por qué ellas? ¿Cómo escapar? ¿Qué tienen en común? ¿Cuáles son las normas? ¿Morirán? ¿Qué deben de hacer para vivir? ¿Matarán a sus carceleros? ¿Sus carceleros las matarán a ellas?

No os equivoquéis: En estado salvaje no es un thriller. Es un alegato feminista tan brutal, salvaje y descarnado como directo. De los que escuece. Y Wood, que no está dispuesta a disculparse, crea para ello un clima asfixiante y claustrofóbico que vamos a visualizar como si fuéramos una de las diez mujeres encerradas. O de los hombres (o la mujer) que las vigilan.
Por lo visto, hacer que los muertos descansen, como fregar, alimentar y dar a luz, es tarea de mujeres.
En estado salvaje es una lectura bronca, áspera y tremendamente incómoda. Con un lenguaje directo, descriptivo, contundente y sin rodeos, Wood construye una alegoría cargada de un simbolismo fascinante en el que disecciona, llevándolo a un extremo brutal, la fibra de la que está hecha el músculo del machismo. Wood no juega con las emociones del lector, le basta con exponernos a una situación que, aunque disfrazada de situación poco probable, sin embargo está construida con todos los elementos de la realidad que vivimos hoy, ahora, aquí, allí y que, de forma más o menos transversal, está en absolutamente todas las sociedades del siglo XXI.

Las diez mujeres se encuentran en esa situación porque todas ellas se han visto envueltas en escándalos sexuales de más o menos notoriedad social. Curiosamente, cada uno de los diez casos tienen su correlato en la realidad, y basta para ello tener memoria o revisar la prensa internacional. Victimas que son señaladas como culpables… por ser mujeres. Por eso están encerradas ahí. No desvelo nada que no se sepa, ni en la vida real ni en el propio libro, ya que pronto queda despejada esta incógnita. No es el porqué las llevan allí, sino qué pretenden al mantenerlas encerradas. Algo que nunca llegaremos a saber.

Ese es el punto de partida: castigar a la víctima. Culpabilizar a la víctima. Eres mujer, eres joven, eres bella, eres puta… Cuando te despojan de todo lo que te visibiliza como mujer… sigues siendo mujer. Cuando te despojan de todo aquello que te dignifica como persona… sigues siendo mujer. 

Charlotte Wood reviste de metáforas esta parábola que supone En estado salvaje  y el lector, desde su posición de espectador, no podrá evitar entrar en la salvaje prisión que supone para estas diez mujeres su encierro involuntario. No somos espectadores pasivos, porque te ahogas. Presión y prisión son dos palabras que en castellano sólo se distinguen por una vocal, y seguramente sin pretenderlo, Wood consigue un juego entre ambas palabras que es realmente espeluznante, cuando hablamos de la presión de ser mujer y de la prisión que supone ser mujer en una sociedad que te condena aunque seas víctima. Presión y prisión. Externas e internas.
… incluso su cuerpo tan problemático había sido olvidado excepto para esto: andar, sentir dolor, hambre y sed, comer, dormir, mear, cagar y sangrar.
En una lectura tan cargada de simbolismo como de sutilezas, vamos reconociendo no solo aquellos dardos envenenados que convierten a la mujer en una persona despojada de derechos, sino que también asistimos a cómo las propias las mujeres asimilamos ciertos axiomas con tintes machistas de forma inconsciente, fruto de muchos años de (mala) educación, y nos cuesta desprendernos de micromachismos e ideas que nos perjudican a nosotras mismas.

Cuando se ha sexualizado tanto el cuerpo de la mujer, parece imposible desprenderte de todo aquello de lo que te has venido empapando durante muchos años hasta llevarnos al punto de que si tienes un cuerpo espectacular acaba suponiendo tan estigma como si no lo tienes.

De las diez mujeres, serán dos a quienes más conoceremos, Yala y Vera (no es tanto un libro de personajes sino de tendencias, de la inclinación que hay a interpretar ciertas situaciones desde la perspectiva patriarcal). Ellas (y, en cierta forma, también Hetty) son las únicas capaces de aprender, reaprender y también (y no menos importante) de desaprender. De desprenderse del cascarón de su cuerpo. De hacer un recorrido, distinto en cada caso, que les lleve a liberarse de la doble prisión/presión a las que se ven sometidas: la externa y la interna. No podrán escapar si primero no lo hacen de su propia prisión/presión.  

Tampoco penséis que es un libro en el que todos los hombres son malos malísimos y todas las mujeres buenas, valientes e inteligentes. Aunque es cierto que los hombres no salen bien parados, también Wood nos muestra cómo las mujeres tampoco somos unas santas. En cualquier caso, lo que pretende es que nos cuestionemos, intenta incluso incomodarnos, que asumamos responsabilidades, tomemos decisiones, no nos victimicemos y que seamos conscientes de las intrincadas raíces de la misoginia y el machismo.

No esperéis un nudo, desarrollo y desenlace. El gran acierto de este libro es que la interpretación libre de cada lector/espectador tenga su protagonismo. No esperéis tampoco una historia al uso, no interpretéis lo que las 10 mujeres hacen como algo imposible, planteándote lo que harías tú en esa situación (tú -yo- intentarías escapar, claro). Wood nos muestra una historia en una especie de salvaje escaparate que no podemos evitar observar, porque quiere mostrarnos algo. El final no es un final, es un principio que se inicia en cada lector. Abre un debate en el que esparce un raudal de preguntas y cuestiones que cada cual tendrá que contestarse. Mi interpretación, que solo he podido apuntar aquí por no destripar demasiado, me ha dejado como cuando te dan un mordisco y ni pestañeas, atónita y consciente de la dentellada que te acaban de arrear.
Es posible renovarse.

miércoles, 3 de enero de 2018

La vida sumergida (Pilar Adón)


Páginas: 240
Publicación: 2017
Editorial: Galaxia Gutenberg
Sinopsis: Los personajes de los trece relatos que conforman La vida sumergida aspiran a estar constantemente en otro sitio y a ser lo que no son, conscientes de que, al final, tendrán que dar con la mejor manera de sobrevivir. Para ellos es más incitante el camino que la llegada y más gratos los preparativos de un evento que su auténtica celebración. Comparten la vocación de apartarse y recluirse en casas que son lugares de encierro pero también de libertad, al constituir el espacio perfecto para imaginar, recordar, fantasear y, en definitiva, huir. Pero la vida acecha siempre en todas partes.

Así que pidió a Brígida que se muriera. La única manera de conseguir una identidad personal.
Y días después, Brígida estaba muerta.
Ya está aquí, de nuevo, Pilar Adón. Porque no puede evitar escribir, porque le urge escribir. Porque Las efímeras era un caleidoscopio con múltiples espejos y algunos de ellos tenían vida propia más allá de Ruche. Y de aquellos colores y formas que le revolotearon mientras escribía Las efímeras, nacen los relatos de La vida sumergida.

Un título muy acertado, por cierto (nunca deja nada al azar), puesto que de lo sumergido precisamente nos hablan los 13 relatos de La vida sumergida, de lo insondable, de lo anegado de líquido amniótico, protegido de miradas externas, pero vivo, muy vivo en nuestro interior.
El privilegio supremo de la elección.
Cada vez me cuesta creer más en nuestra capacidad de elección. Cuando trabajaba con niños con distintas problemáticas les enseñaba a los padres el truco de la falsa elección. Si un niño, por ejemplo, era muy selectivo con su alimentación, les pedía que hicieran una lista con los alimentos menos frecuentes en el menú de su hijo/a. Y luego les pedía que ofrecieran a su hijo la posibilidad de elegir entre el alimento que más detestara y el que menos. No fallaba: elegían el que menos le gustaba. Estaban eligiendo algo que en realidad no querían pero que ellos decidían, y así poco a poco se introducía más variedad en la alimentación.

Reconozco que nunca me sentía bien con este “truco”, aplicable a muchas situaciones y actividades. Pero solía funcionar. Al niño/a se le daba la posibilidad de elegir en lugar de imponerle algo sí o sí. La sensación de que eres tú quien eliges es muy poderosa. Pero es una falsa elección. Y quizás este truco se nos presente no tan intencionadamente pero sí con más frecuencia de lo que creemos en nuestro día a día.
Ella había deseado vivir sola, saberse sola, transformarse sola. Sin más obediencia ni más resignación ante los caprichos de nadie.
Los protagonistas de La vida sumergida han elegido, la mayoría de ellos han tomado decisiones, no viven la vida que quieren vivir, no están donde quieren estar (¿a qué me sonará esto?). Las decisiones pueden ser varias: huir, abrazarse a la naturaleza, desear que alguien se muera, optar por seguir siendo sumisa, desligarse de la realidad, encerrarse, rebelarse... Sí, deciden, actúan, levitan… pero ¿qué sucede si aquello de lo que huyes, si aquello que te impide vivir la vida que quieres vivir… está dentro de ti? ¿somos nosotros nuestro mayor obstáculo? ¿somos capaces de desanudarnos de aquello que nos ata, incluso de las ataduras externas? ¿tenemos que aislarnos por completo para conseguir encontrar nuestro lugar en el mundo?

Ah, sí… Si algo hace Pilar Adón es justamente eso: que terminas de leer sus libros, en este caso sus relatos, y de repente tienes un saco con un montón de preguntas. Ya no temo al hombre del saco. Temo al saco. Y mira que busco respuestas en muchas lecturas, pero cuando me dejan repleta de interrogantes también lo valoro sobremanera, porque de repente sé la textura que tienen las cosas que me inquietan, aunque vengan en forma de interrogaciones. Las propias preguntas son una respuesta en sí mismas.
Las tres reglas de oro para lograr sobrevivir en un mundo ajeno: primera, que no todo lo que flota es inmaterial; segunda, que también el sol se muestra en el ánimo; tercera, que se puede sentir una presencia a la espalda cuando ya no se espera.
Hace muchas cosas Pilar Adón cuando escribe, entre ellas crear atmósferas y mundos en los que recrea aquello que le desasosiega y le provoca marejadas internas. Ella no huye: busca. 

Como una buena chef literaria, pone todos los ingredientes a nuestra disposición. Pero, ah, poner la mesa, mantel, vajilla, decoración, música ambiental e incluso combinar los ingredientes, el punto de cocción o elaboración y sobre todo masticarlos y digerirlos… eso ya es cosa nuestra. Es una proveedora de elixires y nutrientes, verduras, legumbres, carnes, lácteos, frutas, cereales, azúcares… Nos apunta alguna receta, alguna posibilidad, pero el resto ya está en manos de nuestra libertad.

Porque libertad es lo que proporciona: necesitamos que nuestra mente quede libre después de cada relato, libre de obstáculos y limitaciones, de narraciones explícitas y masticadas, libre de señales unidireccionales, de literatura del sometimiento de lo fácil y plácido. En esas atmósferas y escenarios cerrados y aislados que construye tan admirable como eficazmente, lo que hace es liberar nuestra mente, porque sólo desde ahí, desde una amplitud mental sin cortapisas captas la naturaleza de los personajes, los paisajes y las situaciones que nos plantea Pilar Adón.
No debemos acostumbrarnos a la presencia de nuestras cosas ni a la presencia de otras personas porque aferrarse implica depender.
Vivimos en comunidad. Somos seres interactivos. Y aunque a veces no te aferres, igualmente dependes. Te aíslas en un espacio, tal vez en la naturaleza, intentas liberarte de sumisiones y ataduras, buscando mundos quiméricos, sueños creados por nuestras cabezas. Buscando la libertad. Es necesario reflexionar, sumergirnos en nosotros mismos, palpar y dar forma a lo que no la tiene.
Con la belleza al alcance de la mano. La auténtica belleza. La que no exigía comprensión ni entendimiento ni la intervención de la razón. Solo aceptación.
Leer a Pilar oprime en ese espacio vacío que de vez en cuando utiliza recursos propios para recordarte que está ahí. Pilar moviliza agujeros negros, espacios ocultos, aires invisibles. Espejea. Y eso… es vida. Vida sumergida.

Ya comenté en su momento que Pilar Adón tiene la bondad de tratar a sus lectores como personas inteligentes. Y la virtud de escribir como pocos escritores en nuestro panorama nacional. Que no sea una escritora considerada comercial, que sea tan coherente con ella misma, con su ritmo narrativo, con los mundos externos e internos que crea y recrea, con una forma de contar con mucha base poética y una cadencia casi musical, que no escriba para una gran masa de lectores, que sea consciente de ello y que no se doblegue, solo hace que aumente mi admiración por una escritora galáctica (y no lo digo porque publique en Galaxia Gutenberg) y una persona muy generosa. Ella solo quiere escribir. Y yo solo quiero seguir leyéndola.
Los seres salvajes no han nacido para ser felices.

martes, 26 de diciembre de 2017

Yo misma, supongo (Natalia Carrero)

Páginas: 160
Publicación: 2016
Editorial: :Rata_
Sinopsis: La vida de Valentina Cruz ha estado marcada siempre por un sentimiento de no pertenencia a su entorno. No encajaba en su familia barcelonesa dominada por la figura de un padre déspota con el que fue imposible el más mínimo vínculo afectivo. No encaja en el barrio madrileño donde vive ahora, superficial y vacío, y una vida social que no le aporta nada. No encaja en la cultura oficial, que encumbra la literatura fácil y desarma el valor subversivo de la buena literatura. Encaja a duras penas con su familia, su marido y sus hijas, pero es un encaje logrado a golpe de equilibrios, estrategia, sometimiento y renuncias.
Soy de extremos; es como si no viera los colores y los polos contrarios se reunieran con fuerza en mi corazón. Cada latido es un pellizco metálico que me duele hasta creer que ya no voy a poder más. Pero luego todo se soporta.
Distancia. Siempre (y todo) es una cuestión de distancia. Por ejemplo la que hay entre la vida que deseamos/imaginamos/queremos y la que realmente tenemos. Entre quienes somos y quienes nos vemos obligados a ser. Entre lo que queremos hacer y lo que nos vemos forzados a hacer. En ese espacio acontece el abismo. ¿Es insalvable esa distancia?

Desde hace tiempo grito esto una y otra vez en distintas tonalidades: No pertenezco. No me vinculo. Estoy fuera. No encajo. Me siento extraña. No. No. No. Y entre una tonalidad y otra voy tomando decisiones, buscando primero en mí ese lugar al que pertenecer para, luego, encontrarlo fuera.

Tenía que leer a Natalia Carrero sí o sí.
lo que me pasa se llama letras, lo que me pasa se llama para qué me sirven, si me duelen, si no consigo modelarlas para vivir.
Valentina decide no trabajar en lo que no desea y opta por quedarse en casa y escribir. Pero no somos libres, ni siquiera cuando decidimos serlo. Justo cuando optamos por ser libres, tomamos conciencia de todo aquello que nos encadena y del alto precio de la libertad.

Escribir es una experiencia solitaria. En un mundo completamente desarraigado, en el que vivimos mucho más solos de lo que pensamos, resulta increíble el alto coste que tiene poder vivir una soledad elegida. Valentina precisa de esa burbuja de soledad, ese cuarto propio, ese lugar intangible pero necesario para escribir. Para escribirse. Pero no lo consigue. 
Viajo hacia la normalidad entendida como una adaptación, una sumisión al mundo que dicta que hay que ser alguien, que me impone que para serlo debo dejarme explotar.
Porque es de su propia vida de lo que quiere escribir Valentina. No la vida que ven quienes la rodean, sino la que permanece incorpórea en su interior, ocupando un espacio tan invisible como real. Esa trinchera en la que buscas encontrar tu identidad, caotizar y luego organizar el caos, deconstruir el concepto de “normalidad”. La cuneta en la que permaneces mientras intentas… pertenecer (aunque sea a ti misma). 

Cuando alguien se rompe se produce un silencio atronador y estremecedor, estallas en mil pedazos en sordina. Y Valentina (¿o la propia Natalia Carrero?) quiere dar voz, grafía, trazo, a ese silencio y a una etapa de su vida, aquella en la que se quedó en tierra de nadie intentando ser escritora y no solo un proyecto de escritora ni una escritora en potencia.

En el propio libro encontramos una aproximación a lo que es Yo misma, supongo:
No hay trama porque no hay acción, y tampoco hay personajes porque el personaje está representado por todo lo que cubre, como una textura de signos, el blanco del papel; lenguaje escurridizo, abstracto y que realiza equilibrios imposibles entre todo lo que quiere contar y lo que no cuenta. Prosa poética, hermetismo sin mística ni ocultismo ni otras tradiciones oscurantistas, frases deshilvanadas. 
Tal y como es la propia vida, fragmentos, pedazos, un collage de momentos, incoherencias, contradicciones… así está escrito Yo misma, supongo, combinando imágenes, dibujos, trazos, palabras, reproducciones. Podría decirse que de forma experimental, pero al fin y al cabo la vida es exactamente eso: un experimento. Muy creativo y sorprendente, eso sí. Organizado por carpetas a modo de capítulos en un intento de reunir los distintos trechos de su andadura vital, Valentina intenta encontrar un sentido, o al menos una coherencia, al hecho de haberse quedado atrapada en un esquema consumista, sexista y falocentrista que coarta su libertad. Ser mujer/Necesitar dinero. Maldito binomio.
Es el dictado de la rueda imparable de esta vida productora de necesidades que, vistas con detenimiento, se convierten en falsedades.
Para poder llevar adelante un proyecto de vida, achicar esa distancia de la que hablaba al principio, se necesita un espacio (no necesariamente físico, pero sí personal), un tiempo, unos factores, unas circunstancias, contra los que la sociedad actual pone todas sus evidencias para convertir cada paso en un obstáculo que sortear. La normatividad y lo “normal” batallando contra la independencia, la pertenencia, la libertad, la identidad. Irreconciliables.

Y vas tomando decisiones, o lo que es peor aún: crees que las vas tomando. Y en realidad las decisiones te toman a ti, deciden por ti.
La mía es una forma de leer que no perdona. […] La lectura buena o verdadera requiere esfuerzo, el esfuerzo no se sabe lo que es hasta que se realiza, se lleva a cabo no sin cierta tensión o sensación de llegar al máximo de la resistencia. No hay recompensa sin horas, sin deseo, en entrega. La recompensa nunca tiene que ser visible, pero quien la recibe la ve. Sigo examinando los pulmones del texto con algunas suturas.
Al igual que escribir, también la lectura es una experiencia solitaria. Y cuando la persona que lee, a solas, se topa con una persona que ha escrito en soledad, en esas páginas escritas se encuentran ambas soledades y algo se recompone. Un reconocimiento. Una forma de, quizás, estar menos en soledad. O de fortalecerla y darle un perfil, una textura.  

¿Es Valentina la propia Natalia Carrero? Sí y no. Como en la vida misma, nada parece ser absoluto, nada y todo es autoficción. Partes que sí, partes que no. Quién sabe. A quién importa, si tú, al leerla, te encuentras ahí, en las páginas, en los fragmentos, en la lucha.
Me molesta esa parte de mí que no tiene nombre, que nunca he visto ni tocado pero que está, ocupa un lugar no solo mental, me convierte en una suerte de bruja de mí misma. Yo persiguiéndome sin tregua para llevarme a la hoguera. Un yo tras otro yo dentro de un mismo cuerpo. Es mi pensamiento en contra del pensamiento. Estoy mal.
Inevitable agradecer (nuevamente) a la editorial :Rata_ su existencia, su concepto de la literatura, porque en pocas editoriales me encuentro tanto a mí misma, persona y lectora, como en ella. Porque me cautivan los libros que desgarran, retan y muerden, escritos por personas que no pueden evitar escribir, que lo hacen con intensidad, rebeldía y visceralidad.
En estos momentos la novela parece un producto comercial, un discurso que lleva conservantes y fecha de caducidad, porque justo después llega el camión con las novedades más frescas.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Al faro (Virginia Woolf)

Título original: To the Ligthhouse
Traductor: Miguel Temprano García
Páginas: 254
Publicación: 1927 (2011)
Editorial: Lumen
Sinopsis: Al faro es una de las obras cumbre de la literatura del siglo XX. Basada en la propia infancia de la autora, la novela cuenta la historia de la familia Ramsay en la isla escocesa de Skye en el período de entreguerras. El rumor del mar, la presencia insomne del faro, la guerra, la muerte, el erotismo o el transcurso del tiempo se entreveran en la larga conversación de la novela formando un oleaje de símbolos, palabras e imágenes.
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ.

Nuestra apariencia, las cosas por las que se nos conoce, es meramente pueril. Por debajo todo es oscuro, vasto y de una profundidad insondable; solo de vez en cuando salimos a la superficie y eso es lo que ven los demás.
Hora de traer a Virginia Woolf al blog. Con la conciencia de que todo está dicho de ella y del respeto que me causa comentar un libro suyo, he elegido una relectura, Al faro, porque (además de razones en clave personal) cuando leí el libro en su momento no sabía lo que ahora sé. No sabía que era tan autobiográfico, no sabía que había sido tan catártico para Virginia (lo escribió después del fallecimiento de su madre, y según sus propias palabras: ”dejé de estar obsesionada por mi madre. Ya no oigo su voz, ya no la veo”) y no sabía que el personaje de Lily Briscoe era el alter ego de Woolf. Así que volver a leerlo era hacer una lectura nueva. Ese asombroso don de los libros: volver a ellos como si fuera la primera vez. 
¿Quién podía saber qué perduraría…, en literatura o en cualquier otra cosa?
Virginia Woolf es toda una referencia y un símbolo, quizás porque en su persona se aglutinan temas universales: feminismo, locura, abusos sexuales, homosexualidad, suicidio, literatura, matrimonio convencional, conflictos… Y todos esos temas aparecen en sus obras, sin ningún tipo de cortapisa ni encorsetamiento; tal vez sea ese uno de los aspectos más atractivos para mí de Virginia: que se movía en los márgenes, fuera de las convenciones y de lo común. Y eso, en su época y siendo mujer, resulta tan extraordinario como deslumbrante. 

Creo que no digo nada nuevo (¿cómo decirlo, hablando de Virginia Woolf?) si digo que para ella era necesario escribir, sentirse libre para escribir. El cuarto propio tan mencionado y que no es únicamente un espacio físico, sino también el sustento económico, la libertad, el tiempo, la ausencia de presiones… Pues bien, Virginia empezó a construir esa habitación propia en el momento en que falleció su madre primero, y su padre después. El fallecimiento de sus padres fue una liberación para ella: le permitió escribir. Aunque idealizaba, con buena dosis de fascinación, a su madre, que tenía una gran influencia sobre sus hijos, no compartía su modelo de mujer ni sus convencionalismos (propios de la época).
Una luz aquí requería una sombra allí.
La primera vez que leí Al faro, repito, no sabía tanto de Virginia Woolf. Pero sí advertí que estaba ante literatura de la de letras doradas y luminosas, universal, y que leer a Virginia es una experiencia vibrante. Recuerdo la sensación de que era como un arroyo, sin pausas, sin descanso, en movimiento constante, un torrente de sensaciones.

En esta relectura aunque intento otra pausa, otro ritmo, no puedo evitar sentirme arrollada por la tremenda sensorialidad de lo que leo, una sensibilidad desbordante que me remite de forma decidida al personaje de Lily Briscoe (recuerden, el alter ego de Virginia), siempre pintando, siempre dibujando, siempre trazando líneas, formas, figuras, mezclando colores, dando forma a lo que ve y a lo que siente/piensa a través de lo que dibuja.

No me parece casual. Porque Virginia Woolf escribe como si pintara un cuadro: crea texturas, presenta contrastes luces/sombras, superpone colores y claros/oscuros, marca líneas y zonas distantes, combina tonalidades y planos, no mezcla colores de forma innecesaria… Busca recrear el espíritu, pero sin olvidar la forma. Como si fueran los trazos abstractos de las pinceladas, consigue expresar su sentimiento personal, su estado espiritual. El resultado es una narración tan poética como llena de sentimientos y pensamientos constantes.
¿Qué sentido tiene la vida? A eso se reducía todo: a una pregunta muy sencilla, que se iba volviendo más acuciante con el paso de los años. La gran revelación no se había producido. Tal vez no llegara a producirse nunca. En cambio, había pequeños milagros cotidianos, iluminaciones, fósforos que se encendían inesperadamente en la oscuridad […] En eso consistía la revelación. En que había forma en mitad del caos, en que aquel fluir y devenir eterno (contempló las nubes que pasaban y las hojas que se estremecían) a veces se transformaban en estabilidad.
No creo que nadie acuda a una lectura de Virginia Woolf esperando que haya acción. Suceden cosas, claro. Pero lo que suceden son percepciones, experiencias, vivencias, pensamientos, reflexiones, gestos… Es recrear una mente cualquiera en un día cualquiera, con todos los estremecimientos, sacudidas y estímulos que recibe, en un fluir constante y vaporoso que, no obstante, Virginia Woolf sabía captar, plasmar y recrear de forma ejemplar y única. 

Muchas de las reflexiones y preguntas que se planteaba la propia Virginia están ahí: el sentido de la vida, la imposibilidad de conocerse absolutamente los unos a los otros, la imperfección de las relaciones humanas (especialmente entre hombres y mujeres), el transcurso del tiempo, la inamovilidad de los objetos, la maternidad, la memoria de la infancia, la insensibilidad y la fuerza de la naturaleza…
Ella no aspiraba al reconocimiento, sino a la unidad, no quería descifrar las inscripciones de las tablas, ni nada que pudiera escribirse en un lenguaje humano, sino alcanzar la intimidad en sí misma, que es una forma de conocimiento.
Evidentemente, la señora Ramsay (alter ego de la madre de Virginia) es el corazón y los pulmones de Al faro, así como el señor Ramsay y el dolor y la compasión que impone a sus hijos cuando su mujer fallece. Pero nada es tan simple. Como no lo es alejarse de las personas que te importan.

Observadora sagaz, Virginia Woolf desborda en Al faro una narrativa impecable, brillante y abrumadora, poniendo forma a las dimensiones invisibles y oscuras del ser humano, los destellos que iluminan una vida, las distancias que unen y separan a las personas. El transcurrir de las experiencias interiores, intimas, los pensamientos profundos, constantes, repetidos, modificables, no parecen fáciles de encapsular en palabras puesto que no tienen un flujo lineal, pero es Virginia Woolf y transmite todas las capas, todas las tramas, todos los temblores y matices. No me preguntéis cómo lo hace. Es Virginia Woolf.
Y volvió a sentirse sola en presencia de su vieja antagonista, la vida.

martes, 12 de diciembre de 2017

Ánima (Wajdi Mouawad)

Título original: Anima
Traductor: Pablo Martín Sánchez
Páginas: 448
Publicación: 2012 (2014)
Editorial: Destino
Sinopsis: Wahhch Debch descubre el cuerpo de su mujer, brutalmente violada y asesinada, en el salón de su casa. Empujado por el dolor, se lanza a la caza del asesino: necesita ver su rostro, pero no por venganza, sino por supervivencia. Durante su odisea a través de América, solo y sin esperanza, brutales recuerdos escondidos en los pliegues de su infancia despiertan poco a poco.
El mundo es vasto, pero los humanos se obstinan en ir a donde su alma se desgarra.
Wow. Qué libro. He salido de él sudorosa, llena de polvo, arena, suciedad, sangre, cicatrices. Devorada y sin aliento. Bajo la apariencia de un thriller y una trama reconocible, nos encontramos con una carga de profundidad que estalla y golpea con una violencia inusitada.

No, no es una historia de venganza, o no al menos esa venganza evidente del protagonista a la caza del asesino de su mujer. Hay una venganza, pero no es esa. Wahhch buscará al asesino para mirarle a los ojos, para no reconocerse en él. Para diferenciarse de él. También para no sentirse culpable. Si es que alguien está libre de culpa.
La estúpida esclavitud de los caminos trazados antes de nacer.
Sucede que cuando Wahhch descubre el cuerpo de su mujer no solo se produce un dolor terrible y desgarrador, sino que también se abre una brecha. La violenta, sádica y atroz muerte de su mujer (y de su hijo, puesto que la mujer estaba embarazada) abre una grieta en las entrañas del protagonista. Una raja abismal y profunda por la que no le queda otro remedio (y he aquí la ironía que solo quien lo haya leído entenderá) que penetrar, adentrarse y conocer la causa de esa brecha, la oscuridad que hay en ella, el origen de ese desgarro. Cerrar esa herida abierta. Ese es el recorrido de Wahhch, mientras va a la búsqueda del asesino de su mujer.
Los humanos están solos. A pesar de la lluvia, a pesar de los animales, y de los ríos y de los árboles y del cielo, a pesar del fuego. Los humanos se quedan en el umbral. Han recibido el don de la verticalidad y, sin embargo, se pasan la vida encorvados por un peso invisible. Algo les aplasta. Llueve: y se ponen a correr. 
Wajdi Mouawad tardó diez años en escribir la extensa y asfixiante Ánima. Sin duda, la original y compleja construcción narrativa requería de documentación y tiempo. La originalidad de este libro está (entre otras cosas) en la voz narrativa: coral y atípica, puesto que serán animales los que nos irán contando la historia. Curioso, porque en verdad los animales que nos rodean en nuestro día a día son un Gran Hermano orwelliano, el ojo que todo lo ve. Y así, los distintos animales (perros, gatos, mariposas, peces, aves, ratas, arañas, moscas, animales grandes, pequeños, salvajes, domésticos…) que están presentes durante toda la búsqueda de Wahhch, que observan sus pasos, su comportamiento, sus conversaciones serán la voz que nos van mostrando lo que sucede y presentando a los personajes, su comportamiento, pero también sus emociones y motivaciones.

Arriesgado. Pero resuelto de forma sagaz por parte de Wajdi. ¿Qué pretendía el autor con esta atrevida estructura narrativa? Mi sensación es que es una cuestión de límites, fronteras, distancias.  Creo que en el contexto de este libro la expresión más adecuada es fronteras: esas zonas limítrofes que separan territorios, culturas, ideologías, religiones, idiomas… y también que separan a seres humanos de animales. En Ánima atravesamos todas esas periferias, las medimos, las palpamos, constatamos que algunas de esas fronteras son férreas, insalvables, mientras que otras son borrosas o fácilmente traspasables. 
¿Cómo responder cuando uno se siente como un loco que intenta atrapar con las manos el verbo ser, conjugándolo en un presente pulverizado? ¿Qué puede hacer con las esquirlas de su historia? 
Situar la voz narrativa en los animales no pretende ser un adorno ni una pretenciosa originalidad: sirve de espejo idóneo del ser humano. Será a través de su mirada que conoceremos a Wahhch y a los distintos personajes. A través aquello que ven, de su conciencia, conoceremos de qué están hechos los seres humanos que observan. Ellos serán los que observen, casi siempre atónitos, la extremada violencia del ser humano, ese ser racional que no parece responder a ninguna lógica a la hora de desencadenar la violencia. ¿Son crueles los animales? Sí. Son bestias irracionales, salvajes. Pero el ser humano no es ajeno a su propia animalidad ni a su propia bestialidad, a la crueldad más extraordinaria. Las razones por las que es más aterradora y abyecta la violencia humana son obvias. Dicen que somos seres inteligentes. Claro que también dicen que tenemos empatía y sentimientos.

A pesar de la desbordante y agotadora violencia que se respira en Ánima, Wajdi escribe con una prosa poética, sensorial, profunda y enérgica. Una lectura sin duda trepidante, oscura, original, y fascinante.

Un único pero: Escrita en francés, en la traducción al español hay diálogos en inglés (incluso en árabe) que se han mantenido sin traducir, un fiel reflejo de la geografía multilingüe que recorre el protagonista. Ay. Mi escaso inglés no me impidió detectar el contenido de las conversaciones en ese idioma, pero entorpecía la lectura de mala manera. Se hubiera agradecido una traducción a pie de página para los que somos monolingües.


martes, 5 de diciembre de 2017

El desconcierto (Begoña Huertas)



Páginas: 192
Publicación: 2017
Editorial: :Rata_
Sinopsis: Cuando a la autora le diagnosticaron cáncer de colón, sintió una pérdida repentina de la estabilidad, como si un manotazo derribara todas las piezas de un tablero de ajedrez. El cáncer la había dejado sin guion, debía luchar contra ese cuerpo al que estaba atada y poner orden donde no lo había.

… a la larga se trataba de escribir, creo, el libro que hubiera querido leer.
Sabía que compartía asturianía con Begoña Huertas. También que le había sorprendido que yo fuera de La Felguera, un lugar que ella conoce bien. Lo que no sabía es que compartimos también el desconcierto. Al menos el nombre: cáncer, aunque con diferente apellido: cáncer de colon en su caso, leucemia en el mío (mucho tiempo ha, no se me inquieten).

No me va a ser fácil hablar de esta lectura, porque no quiero contarme (tanto) a mí, quiero hablar del libro. Y caigo en que últimamente me repito mucho a mí misma y a quien me quiera oír una palabra: “distancia”. No distancia física, sino emocional. Me he pasado la vida acortando esa distancia, anulándola, suprimiéndola, desautorizando al malestar que me causaba ir sin red y sin dejar ese espacio necesario para salvaguardarme. Hasta que, de forma inexplicable, esa distancia vuelve a estar ahí, sin que la haya llamado ni convocado, como ha aparecido siempre: sin previo aviso, sin esfuerzo. Y leyendo El desconcierto obtengo la respuesta a una pregunta que no me había hecho: esa distancia emocional surge justo cuando la necesito, aunque no la desee. Se llama supervivencia. Y es puro instinto.
Ya no es que se hubiera hecho una grieta dejándome a un lado frente al resto del mundo. El horror era que en mi lado me sentía sola hasta de mí misma. Es tan difícil de explicar. Era de pronto el miedo a no estar acompañada ni siquiera por mí, era percibir la extrañeza ante un “yo” que se desconoce. Yo misma era una extraña para mí.
Begoña Huertas encuentra la distancia idónea para hablar de esa extrañeza que te envuelve cuando el cáncer hace presencia en tu cuerpo y ya no pareces ser dueña de tu propia historia. Una distancia que no es fácil, porque todo a tu alrededor se mueve, sigue en movimiento, oscila con una cadencia con la que no eres capaz de sintonizar, el espacio deja de ser algo firme y cierto, y las distancias se vuelven imprecisas. 

Quedas fuera. Pero sigues dentro. El mundo no se detiene para darte un respiro, pero tu ritmo ya no es el mismo, necesitas otra métrica para la que no estás preparada, te conviertes en un verso suelto y discordante. Y con cierta urgencia (externa y sutil) para que te vuelvas a acompasar, en común armonía con el mundo sano que te rodea.
La enfermedad es una pérdida repentina de la estabilidad.
La (buena) salud tiene una osadía inaudita e inconsciente que provoca que vivamos como si fuéramos inmortales. Cuando enfermas, pierdes pie, trastabillas. Si la enfermedad además se llama cáncer, todo lo que creías estable y sólido se licúa. Enfermas, y es el caos. Un caos personal, intransferible, incomunicable. Ordenar el caos es la auténtica curación. Te conviertes en un yo disgregado y roto en infinitos pedazos. Cuando todos los fragmentos en los que te conviertes consiguen volver a encajar en un todo entonces, sí, puedes decir que has superado la enfermedad. No será un todo uniforme, no volverá a serlo nunca, tendrá sus disonancias, sus contradicciones, sus irregularidades, pero todas las piezas encajarán entre sí con un chasquido tan natural como la inevitabilidad del vaivén de las olas del mar.
El objetivo era contradictorio: ignorar la enfermedad y al mismo tiempo no ignorarla. Ignorarla para que no nos condicionara ni estropeara el día a día, pero no dejar de tenerla presente no solo para no engañarnos sino también para explicar por qué nuestro día a día estaba siendo precisamente como estaba siendo.
Tomé conciencia de lo ineludible de mis contradicciones (tantas veces mencionadas en este blog) desde el momento en que me diagnosticaron la leucemia y me descubrí a mí misma preparándome para morir (ya había aprendido que no duele, solo tenía que encontrar... distancia) y a la vez haciendo todo lo que tenía que hacer para no morir. No es que fuera la primera (ni sería la última) contradicción que había detectado en mí. Siempre he sido consciente de la presencia de una cosa y su contraria, de lo que tomé conciencia entonces fue que formaban parte de mí, que no tenía que decantarme por ninguna opción, que podía vivir con esas paradojas, que lo inconsistente también forma parte de quien soy.

Me he ido adentrando página a página en este libro en una vorágine de recuerdos, mientras asentía no solo con la cabeza, sino con todas mis entrañas. Lo cuenta tan bien, lo explica tan bien, tan lúcida, Begoña Huertas. Leyendo en sus palabras aquello que viví y no supe nombrar y que, tanto tiempo después, tiene su espacio de desbarajuste todavía en mí.
Padecer cáncer, por desgracia, no te hace más inteligente ni te provee de ningún poder especial.
Hace poco tiempo me dijeron: “Podrás con esto, es pan comido para ti, ¡superaste una leucemia!”. Todavía hoy estoy tragando saliva y me duele la lengua del mordisco que me di para callarme y dejar que el silencio respondiera por mí. No, el cáncer no te da ningún superpoder.

Hay  muchas, muchísimas cosas que agradezco de este libro, pero una de ellas es, sin duda, que Begoña Huertas no nos venda una lucha heroica, mitificada e idílica contra el cáncer. En El desconcierto no nos vamos a encontrar con esa versión made in Mr. Wonderful de la superación de la enfermedad, nada de aforismos del tipo “todo lo bueno empieza ahora”, “tú puedes con todo”, “el cáncer saca lo mejor de mí”, “mi cáncer es un regalo”…

El cáncer es una putada. Y punto.

La primera reacción de Begoña Huertas es la más instintiva y, posiblemente, necesaria: la racional, pero no es una reacción ajena a lo que le sucede, indiferente a la extrañeza, al desconcierto de lo que ocurre con un cuerpo que no te es ajeno porque es el tuyo, pero que de repente parece un extraño. Tú misma eres una extraña para ti. Y entonces observas, como si te colocaras desde fuera; das un paso atrás y te observas a ti misma desde esa distancia precisa que corrige la miopía de quien mira desde el ojo del huracán y solo ve turbulencias. Distancia emocional.
Con el tiempo, no pude evitar ir dotando a todo ese desconcierto de cierto orden. Y es en ese ejercicio de ordenar el caos de lo real donde entra, de pleno, la literatura.
Y en esa racionalidad inicial, en un intento de descaotizar lo que está viviendo, recurre a la literatura. A la propia, escribiendo sobre ello, y a la ajena. Y se da cuenta que la literatura, pese a ser "el relato de los miedos y el intento por ordenar el caos", ha permanecido mayormente indiferente a la enfermedad del cuerpo. No tanto a la enfermedad de la mente, pero en la ficción literaria se aborda escasamente el cáncer, el deterioro del cuerpo, la enfermedad, como el eje central de una narración. 

El desconcierto, como todos los libros de la editorial :Rata_, es un libro inclasificable. A caballo entre el ensayo, la narración personal y la confidencia, es un libro profundamente honesto, brillante, equilibrado y valiente. Porque Begoña Huertas no tiene miedo para hablar del dolor, del dolor del cuerpo, del desconcierto que produce el cáncer. El desconcierto te araña con la visceralidad de la pasión y te pellizca con la inevitabilidad del amor. Begoña Huertas rompe un tabú… y escribe el libro que yo hubiera querido leer hace tiempo pero que seguía necesitando leer todavía ahora. Gracias por eso. Y por la siguiente frase que se me ha quedado tatuada en el alma, porque en tan pocas palabras dice... tanto:
Qué difícil es la comunicación entre alguien enfermo y alguien sano.

viernes, 1 de diciembre de 2017

La joven de azul jacinto (Susan Vreeland)


Título original: Girl in hyacinth blue
Traductor: Fernando Garí Puig
Páginas: 216
Publicación: 1999 (2001)
Editorial: Salamandra
Sinopsis: Se sabe que algunas obras de Jan Vermeer, el famoso pintor holandés del siglo XVII, se extraviaron para siempre en los meandros de la historia. Escogiendo uno de estos cuadros perdidos como pieza central de la narración, la autora traza un itinerario desde el presente hasta el momento en que Vermeer concibió el óleo, que se convierte así en testigo directo de las historias de sus sucesivos propietarios.
Al final, se dijo, solo nos quedan los momentos.
A la desconexión del mundo virtual que me impuse en su momento no podía menos que seguirle una especie de desconexión lectora. No dejar de leer, pero sí salirme de forma deliberada del camino lector que transito últimamente: leer algo diferente, que no me atraviese la piel. Cómodo. Intranscendente.

Y así llegué a este libro, del que presentía no habría arañazos, conmociones ni intensidades, sino una lectura fácil, despejada, con un tema que me interesa como es el de la pintura.

A un libro también hay que agradecerle que te de lo que buscas en ese momento, aunque luego no lo coloques en la categoría de imprescindibles o libros necesarios. Por ahí, agradezco esta lectura que me dio un par de tardes plácidas, distraídas de todo lo que me carcome.

Cada vez que veo una obra pictórica, la contemplo como si fuera un libro, alguien o algo que quiere contarme una historia. No soy experta, no entiendo de técnicas pictóricas, confío en lo que me transmite, sin percibir tal vez que la luz de los cuadros de Vermeer (por ejemplo) tiene que ver con el uso que hace de los colores, el equilibrio en la colocación de los objetos, la borrosidad marginal y puntos de luz, etc. No lo percibo de una forma técnica, pero sí sensitiva. Quiero saber qué me transmite, qué me hace detenerme más tiempo en un cuadro que otro, desentrañar el imán que me mantiene absorta en una imagen, aquello que me seduce.

Dicho esto, me atraía lo que este libro me proponía: a través de un cuadro (que realmente no existe) de Vermeer, atravesar la historia de los Países Bajos y las distintas historias de aquellos que poseyeron dicho cuadro. Yendo hacia atrás en el tiempo, hasta llegar al propio Vermeer, conocemos los acontecimientos que afectan a cada persona que tuvo en su poder el lienzo, así como también su propia mirada respecto a la pintura.

La construcción narrativa que propone Vreeland permite que contemplemos este libro bien como un libro de relatos independientes, bien como una novela (que ha sido mi opción), puesto que cada capítulo supone un propietario del cuadro, una historia en torno a él y sus protagonistas y las sensaciones que el cuadro transmite a sus poseedores. Cada poseedor del cuadro tiene sus razones para desprenderse de él, y su propia narración de cómo ha conseguido obtenerlo, su conexión personal con lo que ven/perciben en la joven de azul jacinto.

Las historias de los distintos protagonistas están bien contadas, algunas más interesantes, divertidas, tiernas y predecibles que otras, ambientadas históricamente con gran pulcritud y corrección, siempre bien narradas, y siempre con el hilo común del cuadro y su poder seductor, que a cada protagonista provoca sensaciones distintas, pero complementarias: belleza, tranquilidad, elegancia, silencio, delicadeza, paz, sosiego, inocencia… Una obra pictórica transmitiendo su carácter intemporal, más allá de las distintas impresiones que provoque a quien la contempla. Ese carácter intemporal de las obras artísticas es una de los aspectos que más me estremecen del arte en general.

En definitiva, un libro de fácil lectura, bien escrito, sin más transcendencia. Ni menos.

sábado, 25 de noviembre de 2017

Haru (Flavia Company)

Páginas: 384
Publicación: 2016
Editorial: Catedral
Sinopsis: Haru es una joven oriental que, tras la muerte de su madre, es enviada a aprender a un dojo, una pequeña escuela en la que son admitidos sólo un puñado de alumnos y donde vivirán durante cinco años. A través de la práctica del shodo (la escritura clásica), el tiro con arco, el tai-chi y la meditación, Haru irá aprendiendo una filosofía de vida contra la que su propia edad la empuja a rebelarse. Pasados cinco años llega el momento de abandonar el dojo y Haru se encontrará con la realidad. Después de negarse a regresar a casa con su padre, pasa hambre, frío, situaciones límite y llega a caer en los bajos fondos.

Cada día es una vida entera. Cada día una vida.
Haru, Haru… ¿qué hago contigo? Veamos, Haru es, dicen, una  historia de aprendizaje, una historia que atraviesa la vida de Haru, desde que su padre la envía al dojo hasta que, ya anciana, vuelve a uno de los lugares de los que huyó. Más o menos. Como si fuera un círculo, tan perfecto como perverso, la vida parece llevarnos a los sitios de los que huimos; un regreso elegido, porque has aprendido, has perdonado y te has perdonado. 

A ver, a ver… es que tengo emociones encontradas con este libro. Opuestas. Y conviven perfectamente, que mis contradicciones siempre congenian muy bien entre ellas, tendría que haberme apellidado oxímoron (Ana Oxímoron). Haru es un libro balsámico. Me ha venido bien, entre tanta lectura feroz, leer algo tan… plácido. Un libro en el que te mueves desde la tranquilidad y el sosiego; ahora entiendo lo de leerlo en un día de sol, quizás con el mar de fondo y las olas como música ambiental. Y un libro que me ha enseñado a no huir. A irme sin huir.
Solo podemos ser quienes somos si no nos miramos desde fuera.
Una lectura amable, sí. Zen, diría yo, puesto que encontramos todo el armazón de esa filosofía: meditación, silencio, equilibrio, espiritualidad, contemplación, etc. Y yo estoy últimamente de un zen que flipas. ¿Cuál es el problema entonces? He subrayado muchas frases. Pero nada nuevo, nada que no sepa. Y eso es parte del problema, quizás si hubiera leído este libro hace años me hubiera “iluminado” algo más, aunque tengo ciertas y razonables dudas. En cualquier caso no me ha aportado mucho nuevo, ni siquiera en la forma de plantear esas ideas ya tan familiares y reconocidas. Esto en cuanto, digamos, el aprendizaje que puede conllevar una lectura. En cuanto a emoción me ha dado sosiego, una especie de oasis en el desierto.
Cada vez que se pierde la atención, se hiere a alguien.
Pero creo que principalmente el mayor obstáculo que me he encontrado es que toda la historia está demasiado al servicio de esas citas, frases, tópicos… No se derivan de la historia, sino que ésta se construye en torno a esas ideas. Y busca confirmarlas, hacerlas verdad. 

Mi espíritu rebelde es malsano, me impide aceptarlo todo sin cuestionarlo previamente, siempre pongo dudas en alguna de las partes, o incluso en la totalidad. Cuestiono. Me cuestiono. Supongo que es falta de fe, desconfianza, exceso de decepciones o, simplemente, que soy rara. Pero no puedo aceptar Haru en su totalidad, entre otras cosas porque me obliga a hacerlo, me lo exige, y si no aceptas las máximas extendidas a lo largo de las casi 400 páginas te sientes como una mala alumna a la que regañan por no prestar atención. Y si no prestas atención... se hiere a alguien (o te hieren a ti).

Y como a estas alturas no me vienen nada, pero que nada bien las regañinas, aunque se camuflen de sabiduría, el balance final es una especie de: te he leído, ha sido plácido, has sido amable, has sido generosa, ha sido una buena lectura, calmante y balsámica, muchas gracias, gracias de corazón por protegerme durante un tiempo, pero no me quedo, no vuelvo, no regreso, sigo mi camino, muevo mis pasos (que no sé si son muchos, pocos o ninguno pero sí que son decididos, lleven donde me lleven).
Nunca tires contra nadie; nunca tires para seducir a nadie; nunca tires para ser más que nadie; nunca tires para demostrarte nada a ti misma; el tiro con arco es un estado que se puede compartir.